domingo, 31 de julio de 2011

Traducción artículo del "Council of foreign relations"


Un arco cada vez más amplio de economistas cree que el próximo gobierno estadounidense deberá gastar en estímulos fiscales, más allá del déficit de largo plazo, ya que es el modo más seguro de reactivar.  Robert Rubin (Ex Secretario del Tesoro de William Jefferson Clinton) y su grupo de asesores del Presidente electo Obama consideran que inversiones que mejoren el nivel de vida de nuevas generaciones, como salud y jubilación, son aliadas de la solvencia futura.


Un plan económico para Obama 

En momentos en que economistas y asesores financieros intentan dilucidar dónde estamos, cómo llegamos aquí y a dónde debemos ir en el corto y en el largo plazo, nos rodean dicotomías polarizadotas: descontrol fiscal versus estrictez fiscal; capital versus trabajo; libre comercio versus proteccionismo.
El próximo Presidente, dicen, tendrá que elegir entre estas antinomias. Pero ¿son reales? Nuestra opinión- y venimos de perspectivas analíticas muy distintas- es que en muchos aspectos importas son falsas y en son más una distracción que un mapa.


Rectitud fiscal versus inversión pública y estímulo

Parafraseándola un poco, la Biblia ya lo dijo hace mucho: hay un tiempo de gastar y un tiempo de ahorrar; un tiempo de construir déficits y un tiempo de deshacerlos. Aunque uno de nosotros (Rubin) suele ser citado como un defensor de la disciplina fiscal, ambos coincidimos en que hay momentos para la disciplina fiscal y momentos para la largueza fiscal. Frente a la actual crisis financiera, ambos pensamos que para el corto plazo, nuestra economía necesita un fuerte estímulo fiscal que genere una demanda económica sustancial.
También compartimos la opinión de que el estímulo fiscal debe acompañarse de un compromiso de restablecer condiciones fiscales razonables a través de un programa de varios años que tenga espacio para inversiones públicas fundamentales, una vez que la economía reencuentre su rumbo.
Uno de nosotros (Rubin) considera que los déficits fiscales de largo plazo- combinados con bajo ahorro nacional, grandes déficits de cuenta corriente y carteras extranjeras recargadas de activos denominados en dólares- constituyen una seria amenaza para las tasas de interés de largo plazo y para nuestra moneda, y, por ende, para nuestro futuro económico. El otro (Bernstein) considera que estas relaciones económicas son mucho más débiles.
Al mismo tiempo, ambos coincidimos en que nuestro futuro económico también requiere inversión pública en áreas fundamentales, como la educación, la salud, la energía, la capacitación laboral y otras. Para nosotros, el próximo presidente deberá actuar en distintos campos, con régimen fiscal más adeudado y con inversión pública significativa.
Primero, con el programa de U$S 700.000 millones de apoyo al sistema financiero, el gobierno comprará activos, tanto en la forma de inyecciones de capital como de compra de deuda de bancos. Y el costo real para el gobierno no es el valor nominal de esas adquisiciones, sino el presupuesto que estiman las autoridades del subsidio incluido en el precio de esas compras dados los riesgos en juego. Esa cantidad será una fracción relativamente limitada del total pagado.
Segundo, cierta inversión pública nos puede ayudar a cumplir con nuestros desafíos fiscales. Sobre todo, el factor de mayor peso en nuestras proyecciones de desequilibrios fiscales con los programas de salud Medicare y Medicaid, lo cual subraya la importancia de una reforma del sistema de salud que a la vez extienda la cobertura a más estadounidenses y baje costos.
Una cuestión importante es cuáles deberían ser nuestras metas fiscales en términos de déficits y de la relación deuda nacional/PBI. En tiempos como estos, déficits presupuestarios superiores a lo normal aumentarían la deuda nacional. En tiempos de más estabilidad, un déficit presupuestario equivalente al 2% aproximadamente del PBI mantendría constante la relación deuda/PBI, una meta de política fiscal genuina. En tiempos de bonanza, un déficit menor disminuiría la relación de la tasa de endeudamiento, y eso sería lo deseable.
Los dos estamos de acuerdo en que las tasas del impuesto a la renta y de otros gravámenes para los más ricos podrían volver a los índices de la era Clinton. Ese nivel de impuestos ayudó a financiar tanto la reducción del déficit como la inversión pública que contribuyó a la expansión económica más larga de nuestra historia.
Además de restablecer un régimen fiscal saludable, podríamos mejorar nuestra tasa de ahorro personal y ampliar el seguro de jubilación estipulando algún tipo de cuenta individualizada separada de la Seguridad Social, que se financiase a través de una política de ingresos adecuada. También es necesario trabajar con otros países para alcanzar un equilibrio en los tipos de cambio, como parte de la corrección de nuestros desequilibrios de cuenta corriente. Pero la idea de que no podemos tener responsabilidad fiscal mientras encaramos inversiones públicas es un mito.


Capital versus Trabajo

También en esto, pese a toda su presunta fricción, nuestros mercados laborales y de capitales, flexibles y dinámicos, se han combinado para generar impresionantes avances de productividad en los últimos años. El problema es que los beneficios de este aumento de productividad no alcanzaron a las familias de los trabajadores. Aunque la productividad subió alrededor de un 20% entre 2000 y 2007, el ingreso real de los hogares de clase media en edad de trabajar cayó U$S 2000, una baja del 3%.
Otro factor desencadenante de esta situación es que el poder de negociación de muchos trabajadores se vio fuertemente afectado. En esto, la desindicalización jugó un papel clave. Una verdadera economía de mercado debe tener mercados laborales verdaderos, en los que empresarios y trabajadores negocien como pares. Hace muchos años, el economista John Kenneth Galbraith sostuvo que la negociación colectiva era necesaria para que los trabajadores tuvieran la fuerza compensadora necesaria para negociar una participación justa en el crecimiento que ayudaban a producir. Para restablecer esa fuerza, los trabajadores deberían poder elegir afiliarse a un sindicato o no.
Los mercados laborales tensos, como los que tuvimos en los 90, son otra fuente de poder de negociación, porque permiten reequilibrar las demandas del trabajo y el capital sobre su parte del crecimiento. Una política pública razonable, como la inversión pública en educación, salud, energía, infraestructura e investigación básica, financiada mediante una tributación progresiva, también puede llevar a un fuerte crecimiento y a una gran confianza empresarial para hacer inversiones y contratar personal.
Libre mercado versus regulación y protección. Ambos estamos plenamente convencidos de que hay lecciones importantes que aprender de los desbarajustes en nuestro sistema financiero y de que se necesitan reformas significativas. El objetivo debería ser, por un lado, optimizar el equilibrio entre una mayor protección al consumidor y una reducción del riesgo sistémico, y, por el otro, preservar los beneficios de un sistema de mercado.
Sabemos, asimismo, que Wall Street y Main Street (las altas finanzas y la economía real) están íntimamente conectadas. Las consecuencias de la crisis del mercado financiero son profundas para los estadounidenses en términos de pérdidas de puestos de trabajo, menores ingresos y merma del ahorro jubilatorio. Las medidas para reformar y fortalecer el sistema financiero deberían evaluarse con este parámetro: ¿A fin de cuentas, se traducen en una mejora del empleo, los ingresos y los activos de los trabajadores de los Estados Unidos?  

Comercio: Liberalizar o no liberalizar

Con respecto al comercio, la opción no es liberalización del comercio versus proteccionismo. Por el contrario, cuando el comercio se expande, debemos reconocer que proteccionismo no equivale a protección de los trabajadores.
Es necesario preparar mejor a nuestra gente para competir en forma efectiva y ayudar a los damnificados por el comercio, no sólo a los trabajadores desplazados, sino a los que ven que sus ingresos se reducen por la competencia mundial. Esto significa invertir una parte mayor de los beneficios del comercio en contrarrestar estas pérdidas, a través de redes de contención más seguras, que incluyan salud universal y cobertura jubilatoria.
Más allá de esto, si bien compartimos el compromiso de ayudar a los trabajadores a hacer frente a nuestros nuevos desafíos internacionales, uno de nosotros (Bernstein) defiende que haya en los acuerdos comerciales cláusulas para proteger a los trabajadores, tanto en Estados Unidos como en el exterior. El otro (Rubin) es muy escéptico en cuanto a la posible eficacia de esas cláusulas para nuestros trabajadores.
La política pública en todas estas áreas- y en muchas más- resultó terriblemente deficiente en los últimos años. Provocó un gran aumento de la deuda federal, una inadecuada protección regulatoria contra el riesgo sistémico y una desinversión en nuestra gente e infraestructura. Las políticas tributarias regresivas incrementaron las inequidades impulsadas por el mercado, que se podrían haber contrarrestado con impuestos progresivos.
Falsas opciones, enraizadas en ideologías, nos han impedido abordar todas estas cuestiones de modo eficaz. El próximo presidente tiene que hacer todo lo posible para no quedar atrapado en estas batallas extremas. En esta coyuntura crítica, enfrentamos tanto el mayor cambio económico desde la Gran Depresión como el desafío de largo plazo de competir con éxito en la economía global. Nuestra única opción es dejar atrás estas falsas dicotomías y avanzar hacia un pragmatismo equilibrado cuyas metas sean una prosperidad generalizada y una mayor seguridad económica.

Artículo tomado de www.cfr.org

Autores: - Robert Rubin- Ex Secretario del Tesoro. Director del Citigroup
               - Jared Bernstein- Economic Policy Institute

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