viernes, 20 de abril de 2012

Cristina raspa el barril


Cristina raspa el barril



Nadie sufrirá la nacionalización del gigante petrolero argentino más que los argentinos mismos





A la deriva desde que Hugo Chávez enfermó el año pasado, los populistas de América Latina ahora tienen a un nuevo favorito. Cristina Fernández, la presidenta de Argentina, ha sido desde siempre un émulo de Chávez, acosando a las empresas privadas, falseando las estadísticas y destripando las instituciones del estado. Últimamente, ha ido más lejos al ir por las reservas del banco central, la imposición de los controles de cambio y el levantamiento de importantes barreras a las importaciones. Sin embargo, su movimiento más osado lo dio esta semana al nacionalizar el 51% de YPF, la ex compañía estatal que estaba hasta esta semana en manos de la española Repsol. Para Argentina, esto es un desastre.



Quizá Fernández logre tener un empujón de popularidad en Argentina. YPF es un símbolo de orgullo nacional y a su gobierno falto de efectivo le darían un respiro los ingresos de YPF. Además, Argentina enfrenta una crisis energética que el gobierno ha tapado con importaciones costosas, que se han devorado los superávit fiscal y comercial. Bajo la tutela del estado, puede que YPF estruje más aun los menguantes pozos de petróleo y gas del país.



Pero nada de esto puede ocultar el camino equivocado que ha tomado la presidenta Fernández. Los probables efectos a largo plazo de la politización de YPF y la confiscación de ganancias vienen claramente de la industria petrolera venezolana, donde bajo la tutela de Chávez en la última década, la producción se ha venido abajo. Fernández culpaba a Repsol de no invertir en los vastos nuevos yacimientos de petróleo y gas no convencional, pero la misma nacionalización desalentará billones de dólares en inversiones privadas. Mientras tanto, los draconianos controles de precios, la causa real de la falta de inversiones en energía y el excesivo consumo de esta última, siguen en pie.



Los efectos de la nacionalización se harán sentir mucho más allá del sector energético. España es el principal inversor extranjero en Argentina. Después de ver el destino de YPF, los bancos, empresas de servicios públicos y compañías telefónicas españolas puede que también busquen dejar el país. La presidenta también ha puesto en peligro las relaciones comerciales con Europa, uno de sus mayores mercados de exportación, como así también le puede haber costado el apoyo por el reclamo de las Islas Malvinas, otro grito de unión nacionalista.



Semejante imprudencia debería servir como una señal de alerta, especialmente para los propios argentinos. Los seguidores de la presidenta han sacado a flote un proyecto de reforma constitucional que establecería un sistema parlamentarista que le permitiría ser reelegida de forma indefinida. Para detener esta peligrosa iniciativa, la oposición tendrá que unirse, algo que no logró hacer en la elección presidencial de 2011. Nuevamente, hay que mirar a Venezuela, donde la oposición tuvo internas este año y se colocó detrás de un único candidato contra Chávez.



Oh, qué circo, oh qué show



Este brusco giro de Argentina hacia la izquierda es también una alerta hacia sus vecinos socialdemócratas. Aunque algunos líderes políticos de Chile y México han denunciado la nacionalización (en parte porque la compañía estatal petrolera mexicana, PEMEX, es dueña de una parte de Repsol), el presidente de Uruguay y funcionarios de energía brasileños la han aplaudido- de la misma forma en que sus países miraron para otro lado cuando Chávez violó derechos de propiedad en Venezuela. Esos gobiernos están arriesgando su propia reputación como países seguros para realizar inversiones.



El mundo debería dejar de ser indulgente con la presidenta Fernández. Argentina sigue en default con el Club de París de acreedores soberanos y no ha pagado los laudos que el Centro Internacional para el Arreglo de Diferencias sobre Inversiones (CIADI, que depende del Banco Mundial) ha determinado que Argentina debe pagar a algunas empresas extranjeras (sobre todo estadounidenses). El mes pasado, Estados Unidos suspendió el beneficio fiscal que tenía Argentina respecto de algunas exportaciones. Sin embargo, el país aún es miembro del G-20 y puede pedir préstamos de organizaciones multilaterales y sus ciudadanos pueden visitar Europa sin tener una visa. Esto equivale a un pase libre en lo referido a política exterior. Si Occidente revoca estos privilegios, los argentinos podrían ver el verdadero costo de las payasadas de su presidenta.



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